jueves, 29 de diciembre de 2016

Black Mirror, la alegoría de la caverna y las redes sociales.

“El espejo negro (black mirror) del título es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente."

No suelo escribir sobre series televisivas. Aunque hoy en día es un tema sumamente interesante que está en boca de todos. ¿En qué sobremesa o reunión con amigos no se habla de House of Cards, Game of Thrones, o la propia Black Mirror?

El auge de las series explotó en los últimos años, de la mano de la tecnología en general, y de Netflix en particular, dada la facilidad para ver en un capítulo en cualquier lugar y momento del día. Es probable que también haya contribuido su formato. En mi caso, cada vez que decido ponerme a mirar algo y dudo entre una película o una serie, termino optando por esta última porque “dura una horita”.

De cualquier modo, fueron pocas las series que disfruté tanto como Black Mirror. Tiene todo lo que busco en una serie: pocas y cortas temporada (3 temporadas hasta ahora, máximo 6 capítulos por temporada) y capítulos unitarios. Las series largas por lo general terminan estirando el argumento, y eso hace que se vaya perdiendo el entusiasmo inicial y que termine dejándola por la mitad. Hay excepciones, como por ejemplo Breaking Bad. Dexter también podría ser, aunque en el medio hay alguna temporada de más.

Pero lo más importante es que es de esas historias que obliga al que la está mirando a tener que reflexionar sobre cuestiones que por lo general no se pone a pensar; bien porque las da por sentadas y se da cuenta que no era así (como por ejemplo cualquier buen documental que busca causar eso, se me viene a la cabeza Inside Job); porque muestran visiones alternativas y viables a las que uno sostiene (como por ejemplo el tema de la educación de los hijos en Captain Fantastic o de los alumnos en Whiplash); o porque le incomoda a uno pensar en eso, ya que se da cuenta que lo que está viendo muestra una visión crítica de algo que uno replica en su vida.

Black Mirror toca todas estas cuestiones en diferentes capítulos. Y lo hace siempre mostrando los aspectos negativos que trajo, y que podría traer, la tecnología. Hay uno en particular que me impactó notablemente, en parte porque lo vi hace muy poco, que es el primer capítulo de la última temporada, Nosedive (cuya traducción sería “en picada”). A los que todavía no lo hayan visto y pretenden hacerlo, recomiendo no leer lo que sigue; de todos modos voy a tratar de hacer la menor referencia al capítulo en sí, para detenerme más que nada en el mensaje.

Lo que más me impactó fue la manera sencilla de mostrar un mundo donde se puede controlar a las personas tan solo a través de una aplicación de teléfono que globaliza y determina las pautas y códigos morales que rigen el comportamiento la sociedad. Para ponerlo en criollo: cada persona debe esmerarse por lograr que el resto apruebe las cosas que hace y dice, y para eso cada uno puede calificar lo que haga/diga/suba a la aplicación el resto. Nada nuevo hasta ahora: Esta es la misma dinámica que rige en Facebook o Instagram, donde uno sube cosas buscando que el resto le ponga “me gusta”, y cuántos más logre, mejor.

Una primera diferencia “futurista” es que las personas tienen en sus ojos un dispositivo que permite identificar automáticamente a la persona que tiene al lado, lo que hace mucho más fácil y masiva la calificación. Por ejemplo, si uno viene caminando y un auto se le tira encima, el peatón puede calificar negativamente al conductor de manera instantánea. La segunda y más importante diferencia es que esta aplicación tiene un mecanismo muy efectivo para obligar a que toda la sociedad la utilice: beneficios y castigos. Para acceder a la compra de una casa en cierto barrio se debe contar con un puntaje mínimo, lo mismo que para acceder a un trabajo o mandar a tus hijos a cierta escuela. Las personas con puntajes bajos son vistas como parias de la sociedad. Así, de manera tan sencilla como es la de que todo el mundo tenga una aplicación, el mundo funciona. Ni siquiera la policía tiene que usar la violencia, basta con bajarle el puntaje de manera preventiva a la persona hasta que compense su mala conducta.

Eso es lo genial de este capítulo. Toca una gran cantidad de cuestiones, todas muy profundas vinculadas con el comportamiento de la sociedad. Muestra una visión crítica de las redes sociales, que no serían otra cosa que una versión reducida a escala de cierto comportamiento del ser humano. Esto de vivir la vida para el resto, es decir, haciendo cosas buscando el reconocimiento del otro, a partir de lo que la sociedad considera correcto o apropiado. Este tipo de comportamiento ególatra, pero a la vez de sumisión, existió siempre, aunque la llegada de las redes sociales lo potenció notablemente. Hoy en día sabemos de gente que murió por hacer una “selfie”.

Y si no me creen que existió siempre, podemos remontarnos hasta el año 380 a.c., momento aproximado en el que Platón escribe la Alegoría de la Caverna. No me voy a detener a explicarla, aquel que esté interesado, puede leerla siguiendo el link. Lo que me interesa marcar es que dicha alegoría se puede reinterpretar a la luz de lo que sucede en el mundo actual. Eso mismo es lo que hace A. Carpio en su libro sobre los principios de la filosofía (p. 98)[1]. Cierro con la cita textual, porque lo explica de manera muy clara. Además es muy interesante lo que dice al final.

La situación en que encuentran los prisioneros es la situación con que comienza nuestra humana existencia: comenzamos estando como "dormidos", es decir, "olvidados" de lo que en realidad somos -el olvido, para Platón, de que nuestro verdadero ser no es el ser físico, sensible, corporal, sino nuestra alma. Pero si estos términos de "alma" y "cuerpo" -sobre todo entendidos como entidades diametralmente opuestas- parecen expresiones poco adaptadas a los problemas y al contexto de nuestro mundo contemporáneo (mundo que, entre otras cosas, se caracteriza por un profundo desconocimiento de todo lo que tenga sabor a cosa religiosa, porque el hombre contemporáneo carece de sentido para lo sagrado, lo cual, entiéndase bien, no implica necesariamente ninguna "fe" determinada), puede expresarse lo que dice Platón con ayuda de otra terminología.
Con expresiones de la filosofía de la existencia, se dirá entonces que, en primera instancia, y ante todo, vivimos en el anonimato, en el olvido de nosotros mismos, porque en nuestra vida diaria somos, no nosotros mismos como auténticas personalidades libres, sino que nos encontramos sometidos al poder de un tirano impersonal, que en términos sociológicos puede denominarse "la gente", y que en términos filosóficos llama Heidegger el "se" o el "uno" (cf. Cap. XIV, § 10). En efecto, en la mayor parte de nuestros actos no nos comportamos como personas autónomas que libremente deciden hacer esto o lo otro, sino que hacemos lo que la "gente" hace; compramos un aparato de televisión o nos cortamos el cabello de cierta manera, porque "la gente" ve televisión, porque "se" usa tal corte de cabello, uno compra tal semanario presuntamente intelectual porque es lo que "se" lee.
Se trata entonces de actitudes, inclusive de "ideas", que se adoptan por una especie de imposición del medio social en que se vive; y en todos esos casos es el "se", el impersonal, el que decide, y no nosotros mismos; y esa tiranía o dominación impide entonces que llevemos una existencia auténtica, nos impide descubrirnos en lo que nosotros mismos somos, y oculta nuestra verdadera realidad con la especie de máscara que nos impone. Y es preciso no perder de vista que el impersonal no sólo dicta las modas en materia de ropas o peinados, sino que también hay modas en el campo de las ideas, esto es, ideas impuestas por "la gente": son muchos, en efecto, los que participan de determinadas ideas políticas porque son las ideas políticas de moda, lo que "queda bien", lo que ahora "se" piensa -como si el impersonal pudiese pensar, y olvidando que el pensar es siempre eminentemente personal.





[1] En alguna de las tantas notas al pie de “La filosofía y el barro de la historia”, Feinmann critica fuertemente este libro aduciendo errores. Tengo muy poco conocimiento sobre este tema como para compartir o no la crítica, pero justamente por mi falta de conocimiento puedo decir que el de Carpio me resultó un gran libro para introducirse en ese tema, no así el de Feinmann.

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