miércoles, 26 de noviembre de 2014

Hacia una única teoría poskeynesiana de largo plazo

A modo de cierre, les dejo acá el trabajo terminado, y una presentación que resume y agrega algunas discusiones extra respecto a la (errónea) teoría de la tendencia que tiene el mainstream.
Además de la crítica teórica que hicimos en su momento acá, se le agrega una empírica-metodológica igual de grave.
A priori, el mainstream asume que ante una recesión, la brecha del producto (es decir, la diferencia entre el producto real y el potencial) se va a cerrar por medio de un crecimiento mayor del producto real en relación al potencial.
¿Por qué esto debería ser así? Porque el mainstream asume que las economías tienden a regresar siempre al pleno empleo (o sea, a la tendencia del producto potencial). Si, entonces, el producto real se separa del potencial, por una recesión por ejemplo, en el mediano plazo va a terminar creciendo más rápido hasta alcanzar nuevamente al potencial. Algo así:


¿Qué sucede en la realidad? Todo lo contrario: El crecimiento tiende a ser persistentemente menor al de la tendencia previa, y no hay ningún mecanismo que haga que el producto real vuelva a la tendencia anterior:




¿Cómo se cierra la brecha entonces? Revisando constantemente hacia la baja el producto potencial, hasta que finalmente algún día vuelvan a juntarse (!). Lo que ven más abajo es la estimación del producto potencial hecho por el Banco Central de Estados Unidos en 2007, antes de la crisis (línea naranja); en 2009, en plena crisis (línea amarilla); y en 2013 cuando la economía comienza a mejorar (línea celeste). La línea negra muestra el producto real de Estados Unidos. Noten como cuando comienza la crisis en 2008 y el producto real cae, se ensancha la brecha con el producto potencial (línea punteada roja). Pasan los años, y el producto real de EEUU no solo no crece más rápido sino que cada vez la brecha se va haciendo más grande (flecha roja). ¿Qué hace entonces el BC de EEUU? Revisa hacia abajo el producto potencial en 2013 (línea celeste) y así cierra la brecha. ¡Magia!


Esto deja bien claro que en la realidad los shocks de demanda suelen ser persistentes y que no existe algo así como un único producto potencial al cual tiende la economía. Esto es sumamente relevante para las recomendaciones de política económica, dado que la justificación principal que tiene esta teoría para decir que las políticas expansivas son inflacionarias, es que provocan que el producto real se ubique por encima del potencial, generando inflación. Pero si en realidad lo que sucede es que cuando crece el producto real, también crece el potencial, la barrera inflacionaria también se aleja.
Esto pone de manifiesto, además, que la manera en la que el mainstream explica la tendencia deja bastante que desear. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

VI – ¿Hacia una nueva síntesis?

Va la última de la serie de entradas sobre la tendencia de largo plazo (para las anteriores ver acá):


A pesar de que el enfoque clásico-keynesiano se muestra como una opción consistente para la extensión de la demanda efectiva al largo plazo, el mismo recibió numerosas críticas a lo largo del tiempo y en la actualidad varios economistas incluso llegaron a excluirlo de la teoría poskeynesiana, siendo Davidson el más relevante entre éstos[1].
Lavoie (2011) enumera las principales críticas por las cuales el resto de los economistas poskeynesianos rechaza este enfoque y que son las que no permiten que el mismo sea adoptado como parte de esta teoría, entre las que se destacan: que la economía tienda a las posiciones naturales de largo plazo (es decir, que éstas sean centros atractores); que solo sea relevante el análisis del largo plazo; y que la posición de largo plazo venga dada por una tendencia que es determinada ex ante, la cual es independiente del corto plazo (es decir, que no haya dependencia de la trayectoria).
A partir de lo anterior concluye que la única de todas éstas que en la actualidad ofrece resistencia es la primera, dado que muestra que Garegnani (1992) describe como un aumento en el uso de la capacidad instalada inducido por una expansión de la demanda puede generar un sendero de crecimiento completamente diferente para la capacidad instalada y el producto. En palabras de este autor, esto significa que la demanda agregada determinada no solo el grado de utilización de la capacidad instalada característico del ciclo económico sino además el ritmo de acumulación de la economía. De aquí se desprende, además, que el análisis de corto plazo es tan o más relevante que el del largo plazo, dejando infundada la segunda crítica.
De todos modos, la primera crítica tampoco parecería ser un problema para el enfoque clásico-keynesiano. Según Bortis (1996):
Equilibrium in positive classical-Keynesian analysis relates to a presently existing state of affairs and is linked up with the degree of persistency of some determined variable which has no tendency to change as long as the predetermined variables and parameters stay firm. The degree of persistency is relatively small for short-term dependent variables but increases for medium- and long-term dependent variables. A long period equilibrium (a fully adjusted situation governed by the socio-economic system) is a slowly evolving reference situation which may attract short- and medium-term behavioural outcomes. It should be noted, however, that long-period equilibria, for example normal output levels or normal prices, do not represent centres of gravity since system outcomes reflected in normal magnitudes are not independent of behavioural outcomes (p. 88).
Lo que se observa entonces es que a priori no habría motivos que impidan una síntesis entre la teoría poskeynesiana y la clásico-keynesiana[2].
Además lo anterior pone de manifiesto que esto sería lo más lógico, dado que este enfoque se adecua mejor para explicar la tendencia al largo plazo que aquel planteado por los keynesianos fundamentalistas o los kaleckianos. Los primeros plantean que se debería respetar la teoría de Keynes (tal como la formuló en la Teoría General), y que entonces dada la incertidumbre imperante en el mundo real puede haber múltiples equilibrios en el largo plazo donde lo más probable sea que existe desempleo involuntario (Kregel, 1983). Los segundos afirman que se debería adoptar la teoría del ciclo kaleckiano y extenderla al largo plazo, dado que éste no es más que una sucesión de cortos plazos (Kalecki, 1968).
Esto conlleva un problema fundamental en ambos casos, ya que en ninguno se explica por qué una economía puede gravitar en torno a una tendencia (digamos de 5% de desempleo) en lugar de otra (con 20% de desempleo). Sumado a lo anterior, el enfoque fundamentalista mantiene la posibilidad de que la posición de largo plazo sea la de pleno empleo si los salarios y los precios son lo suficientemente flexibles (Garegnani, 1983), mientras que el kaleckiano asume que un shock permanente de demanda agregada puede llevar a cambios permanentes y significantes en el grado de utilización de la capacidad, algo que no se ve reflejado en la realidad (Skott, 2012).

Bibliografía utilizada:
Bortis, H. (1996), Institutions, behaviour and economic theory: A contribution to Classical-Keynesian political economy, Cambridge: Cambridge University Press.
Davidson, P. (2003), Setting the record straight on "A history of post keynesian economics", Journal of Post Keynesian Economics, Vol. 26(2), pp. 245-272.
Garegnani (1983), Two routes to effective demand: Comment on Kregel, en Kregel (ed.), Distribution, effective demand and international economic relations, Londres: Macmillan.
Garegnani, P. (1992) Some notes for an analysis of accumulation, en J. Halevi, D. L. y Nell E.J. (eds.), Beyond the steady state: A revival of growth theory, Londres: Macmillan, pp. 47-71.
Kalecki, M. (1968), Tendencia y ciclo económico, en Kalecki, M. (1971), Ensayos escogidos sobre la dinámica de la economía capitalista, México: Fondo de Cultura Económica.
Kregel, J. A. (1983), Effective demand: Origins and development of the notion, en Kregel (ed.), Distribution, effective demand and international economic relations, Londres: Macmillan.
Lavoie, M. (2011), Should Sraffians be dropped out of the post-Keynesian school?, Économies et Sociétés, Vol. 44(7), pp. 1027-1059.
Lavoie, M. (2014), Post-Keynesian economics: New foundations, Cheltenham: Edward Elgar.
Skott, P. (2012), Theoretical and empirical shortcomings of the Kaleckian investment function, Metroeconomica, Vol. 63(1), pp. 109-138.





[1] Al respecto ver, por ejemplo, Davidson (2003).

[2] Esto es efectivamente lo que termina haciendo Lavoie (2014) en su último libro sobre la teoría poskeynesiana.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

V – La extensión de la demanda efectiva al largo plazo: El enfoque clásico-keynesiano.

Continuamos con la serie de entradas sobre la tendencia de largo plazo (para las anteriores ver acá):


A partir de lo anterior, se pone de manifiesto la relevancia que cobra el debate sobre el capital, al derribar la teoría marginalista de la producción y la distribución. Respecto de la primera, la refutación de las funciones decrecientes en relación al precio de los factores productivos (el primer postulado que había mantenido Keynes) elimina la tendencia al pleno empleo de los factores y permiten la posibilidad de reestablecer la demanda efectiva en el largo plazo, donde la inversión sea independiente de la propensión a ahorrar y el equilibrio se logre a través de cambios en el nivel de ingreso. Por el lado de la segunda, esto permite la posibilidad de reintroducir la teoría clásica de la distribución, dada a partir de la relación inversa entre salarios y ganancia. A partir de la combinación de estos dos elementos, es decir la extensión de la demanda efectiva al largo plazo y la distribución clásica de los ingresos, es que se puede pensar en la adopción de un enfoque clásico-keynesiano. Sin embargo, resulta necesario analizar la viabilidad del mismo, dado que a priori podría parecer que no son compatibles una teoría con la otra.
Un primer punto que surge de lo anterior es que la crítica de Keynes va dirigida en parte a Ricardo y sus antecesores. Como vimos en la sección III, esta crítica se basó fundamentalmente en la tendencia hacia el pleno empleo del factor trabajo y en el mecanismo de ajuste a través del nivel de precios mediado por la tasa de interés natural.  
En relación a esto, Garegnani afirma que no se puede encontrar en Ricardo tal mecanismo ya que la tasa de interés solo depende de la tasa de ganancia:
 (…) we cannot find in Ricardo the idea that the rate of interest would be the ‘balancing factor which brings the demand for saving in the shape of new investment . . . into equality with the supply of saving’ (Keynes, 1936, p. 165), which Keynes attributed to the ‘classical school’. The rate of interest appears in Ricardo only as a phenomenon subordinate to the rate of profits and governed by the latter (Garegnani, 1978: 339).
Si bien esto es correcto, Petri (2001) muestra que para Ricardo esta tasa de interés es además la única capaz de igualar la cantidad demandada y ofertada de préstamos. Es por esto que la discrepancia entre la oferta y la demanda de créditos es lo que provoca que la tasa de interés de mercado oscile en torno de la tasa de interés natural:
I do not dispute that if the Bank were to bring a large additional sum of notes into the market, and offer them on loan, but that they would for a time affect the rate of interest. (…) It is only during the interval of the issues of the Bank, and their effect on prices, that we should be sensible of an abundance of money; interest would, during that interval, be under its natural level; but as soon as the additional sum of notes or of money became absorbed in the general circulation, the rate of interest would be as high, and new loans would be demanded with as much eagerness as before the additional issues (Ricardo citado en Sraffa, 1952: 91).
De todos modos, a pesar de que en Ricardo ya se encontraba presente la noción de una tasa de interés natural[1], se debe destacar que esto no implica que se pueda asociar a la teoría clásica con la marginalista dentro de una misma escuela como lo hizo Keynes[2]. Esto se debe a que, como se analizó en las secciones I y II, estas teorías son diametralmente opuestas, pero fundamentalmente a que la estructura de la teoría clásica no implica ninguna tendencia en el largo plazo hacia el pleno empleo del factor trabajo.
Asimismo, también se mencionó que la derivación de la teoría clásica se realiza en dos estadios analíticos distintos, siendo uno de ellos es la determinación del producto (que quedaba determinado por la Ley de Say). Como bien resalta Garegnani (1978), resulta muy probable que la utilización de este supuesto fuera la consecuencia de la falta de una teoría en aquella época para la determinación del producto. A partir de lo anterior queda claro que la teoría de la distribución clásica es compatible con la introducción de la demanda efectiva[3], y que entonces se podría extender esta teoría al largo plazo tal como lo hace el enfoque clásico-keynesiano.

Bibliografía utilizada;
Garegnani, P. (1978), Notes on consumption, investment and effective demand: I, Cambridge Journal of Economics, Vol. 2, pp. 335-353.
Petri, F. (2001), Say’s law, theory of the rate of interest and capacity utilization in Ricardo, Universidad de Siena. Disponible en: http://growthconf.ec.unipi.it/papers/Petri.PDF
Sraffa, P. (1952), The works and correspondence of David Ricardo, Vol. III, Cambridge University Press.
Smithin, J. N. (2003), Controversies in monetary economics, Cheltenham: Edward Elgar.
Keynes, J. M. (1936), Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, cuarta edición (2009), Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.



[1] Cabe destacar que la noción de una tasa de interés natural que equilibra la oferta y demanda de crédito se puede rastrear hasta 1802, en el libro An Enquiry into the Nature and Effects of the Paper Credit of Great Britain de H. Thornton (Smithin, 2003).

[2] Comparto la posición de Garegnani (1978), que afirma que la asociación de Ricardo a los marginalistas se debe exclusivamente a que este autor adoptó la Ley de Say para su análisis. Esto queda reflejado, por ejemplo, en la siguiente cita del prefacio a la edición japonesa de la Teoría General: “La reciente y muy loable reimpresión, por parte del Círculo Internacional Económico de Tokyo, de los Principios de Economía Política de Malthus como primer volumen de la Serie de Reimpresiones de Tokyo, me anima a pensar que un libro que se ubica como descendiente de la obra de Malthus, en vez de la de Ricardo, podría ser percibido con simpatía en, al menos, algunos lugares” (p. 25).

[3] Debería resultar evidente que esto no sería posible en la teoría marginalista, donde la determinación del producto se realiza de manera simultánea a la distribución de los ingresos. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

IV – La relevancia de las controversias del capital

Continuamos con la serie de entradas sobre la tendencia de largo plazo (para las anteriores ver acá):
Entre los años ‘50 y ’60 se produjo un debate entre las dos escuelas de Cambridge (Inglaterra y Estados Unidos) a partir de los serios problemas que presentaba el factor capital en la teoría neoclásica. Las críticas se centraron en dos aspectos: uno relacionado con la función de oferta, dado por la agregación y homogeneización del capital; y otro vinculado con la función de demanda, dado por el recambio de técnicas y la reversión del capital.
Respecto al primer problema, la crítica principal fue realizada por Robinson (1953), quien advierte que existe un problema de circularidad al tomar al capital como un bien homogéneo cuyo valor es medido en dinero, tal como hace la teoría neoclásica. Esto se debe a que para poder agregar los distintos bienes de capital con el fin de obtener un único factor medido en dinero es necesario conocer la tasa de ganancia. El problema radica en que la teoría neoclásica establece que la tasa de ganancia depende a su vez de la cantidad de capital utilizada.
Respecto al segundo problema, el debate en torno a la reversión del capital dejó en evidencia la posibilidad de que la demanda de capital sea una función creciente de la tasa de interés, y no decreciente como planteaba la teoría neoclásica. Esto se debió fundamentalmente a la posibilidad de que exista un recambio de técnicas, es decir, que la misma técnica sea utilizada tanto a niveles bajos como más altos de la tasa de interés.
La combinación de estos dos resultados implica serias dificultades para la teoría neoclásica, dado que no se puede afirmar que existe una relación inequívoca (decreciente) entre la demanda de capital y la tasa de interés (Lazzarini, 2011). Si esto no se cumple entonces toda la teoría marginalista se derrumba,  porque, por un lado, queda desarticulado el mecanismo wickselliano de ajuste entre ahorro e inversión a través de la tasa natural de interés, y por otro, pierde validez la teoría de la distribución dado que tampoco se podría derivar una función de demanda de trabajo porque, como vimos en la sección II, para poder lograr esto resulta necesario asumir el equilibrio en el mercado del capital[1].

Bibliografía utilizada:
Lazzarini, A. (2011), Revisiting the Cambridge capital theory controversies. A historical and analytical study, Pavia: Pavia University Press.
Petri (2010), Microeconomics for the critical mind, sin publicar. Disponible en: http://www.econ-pol.unisi.it/petri/
Robinson, J. (1953), The production function and the theory of capital, Review of Economic Studies, 21(2), p. 81-106.




[1] Además la función de demanda de trabajo también puede presentar varios problemas, como son la posibilidad de que el equilibrio implique un salario igual a cero, que haya cambios bruscos en la distribución del ingreso a partir de un cambio leve en el salario, la existencia equilibrios múltiples o que el mercado quede indeterminado (Petri, 2010).

sábado, 15 de noviembre de 2014

III – Antítesis y ¿síntesis?

Continuamos con la serie de entradas sobre la tendencia de largo plazo (para las anteriores ver acá). En la última habíamos presentado la teoría marginalista y sus críticas.

Es en este contexto que Keynes realiza su crítica a la teoría de la escuela clásica[1]. El objetivo principal de la misma es demostrar que la economía no tiende al pleno empleo, y que entonces el equilibrio entre el ahorro y la inversión planeada se va a dar a través de un cambio en el nivel de ingresos. De lo anterior se desprende que va a hacer falta una nueva teoría que determine el nivel de producción y de empleo, y es aquí donde cobra relevancia la demanda efectiva:
Este libro (…) se ha convertido en lo que es: sobre todo, un estudio de las fuerzas que determinan los cambios en la escala de producción y de ocupación como un todo (Keynes 1936: 18).
Say implícitamente suponía que el sistema económico operaba al máximo de su capacidad (…). Casi toda la teoría económica subsecuente ha dependido, en el sentido de que ha requerido, de este mismo supuesto. Pero aún una teoría tan fundamentada es claramente incompetente para enfrentar los problemas del desempleo y el ciclo económico. Tal vez la mejor forma de expresarles a mis lectores franceses lo que sostengo en este libro es decirles que la teoría de la producción es un rompimiento definitivo con las teorías de J. B. Say (Keynes 1936: 30).
La crítica fue dirigida fundamentalmente a la determinación de la tasa de interés, dado que es el mecanismo principal de ajuste entre el ahorro y la inversión para la teoría. De este modo, Keynes afirma que la tasa de interés no es el factor que iguala estos dos elementos, sino que en realidad es el que equilibra la oferta y demanda del stock de dinero.
Una vez removido este mecanismo, Keynes plantea que la manera en que el ahorro y la inversión se terminan igualando ex post es a través de un cambio en el nivel de ingresos. Así, una menor inversión en relación al ahorro ex ante va a ser equilibrado a través de una contracción en el nivel de producto, y no a través de una caída en el nivel de precios como planteaba la teoría marginalista. Resultado necesario destacar que Keynes mantiene el primer postulado de la teoría clásica, por lo que la inversión va a depender de la eficiencia marginal del capital (que a su vez va a estar influenciada por la tasa de interés).
La clave de todo este proceso es, en principio, la inflexibilidad a la baja que presentan para Keynes los salarios. Esto es lo que no permite que se produzca una deflación en los precios, que es lo que terminaba provocando que la tasa de interés de mercado se equiparara con la tasa natural, logrando la igualación entre ahorro e inversión en la teoría marginalista[2]. Sin embargo, en el capítulo XIX de la Teoría General Keynes deja bien en claro que el mecanismo de ajuste no depende de este supuesto. Para esto, se centra en el único camino posible que permitiría restablecer el equilibrio a través de una caída de los salarios en su teoría, esto es, la tasa de interés. Allí afirma que solo en el hipotético caso donde la caída en los salarios no sea acompañada de una caída de la oferta monetaria (lo que provoca una caída de la tasa de interés real), se podría llegar a generar dicho mecanismo. No obstante, aun en ese caso este resultado sería moderado y/o contrarrestado por: a) el efecto negativo que provoca la caída de los salarios en el estado de confianza de la economía; b) la imposibilidad de la tasa de interés de reducirse al nivel necesario para restablecer el equilibrio, explicado por la teoría de la demanda de dinero introducida por Keynes (Garegnani, 1979).
A pesar de que la crítica de Keynes fue rápidamente aceptada por la comunidad académica, su teoría general no corrió la misma suerte. El conservadurismo reaccionó de manera eficaz, logrando relegar a la demanda efectiva al corto plazo y manteniendo la tendencia al pleno empleo (a través de la idea de que el ahorro determina la inversión) en el largo plazo. Esto fue posible debido a la debilidad de la crítica planteada por Keynes en torno al mecanismo de ajuste de la tasa de interés para equilibrar el ahorro y la inversión, dado que la misma se basaba fundamentalmente en las expectativas, algo que resulta incompatible con un equilibrio de largo plazo (Garegnani, 1979). De este modo, Hicks (1937) y Modigliani (1944) mostraron que efectivamente una caída de salarios (o una política monetaria expansiva) permitían que en el largo plazo se mantuviesen las premisas de la teoría marginalista. Se consumaba, así, la síntesis neoclásica donde, paradójicamente, la teoría de Keynes terminó siendo un caso particular de la teoría marginalista.

Bibliografía utilizada:
Keynes, J. M. (1936), Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, cuarta edición (2009), Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Garegnani, P. (1979), Notes on consumption, investment and effective demand: II, Cambridge Journal of Economics, Vol. 3, pp. 63-82.
Hicks, J. R. (1937), Mr Keynes and the classics: a suggested interpretation, Econometrica, Vol. 5(2), p. 147-159.
Modigliani, F. (1944), Liquidity preference and the theory of interest and money, Econometrica, Vol. 12(1), p. 45-88.
Wicksell (1935), Lectures on political economy, vol. II, Londres: Routledge & Sons. 



[1] Para Keynes esta escuela no estaba conformada solo por Ricardo y sus predecesores sino que además incluye a sus continuadores: J.S. Mill, Marshall, Edgeworth y Pigou.
[2] Este mecanismo tiene su origen en la teoría de Wicksell (1935), quien afirma que existe una tasa natural de interés donde la demanda de créditos y el nivel de ahorro se igualan. A pesar de que en las economías capitalistas los bancos pueden responder a las variaciones de la demanda de crédito sin alterar la tasa de interés que cobran, esta última terminaría convergiendo a la tasa natural a través de un ajuste en el nivel de precios.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Frenkel y su obsesión con el Rodrigazo

Una nueva nota de Frenkel, y un nuevo pedido por devaluar, metiendo miedo con que se puede venir otro Rodrigazo (la última vez, hace unos meses, hizo lo mismo acá).
Entiendo que políticamente pueda estar en la vereda de enfrente y que eso lo haga escribir este tipo de notas, pero lo del Rodrigazo ya es muy bajo para un economista que en su momento fue uno de los máximos exponentes de la heterodoxia en Latinoamérica. Por eso es que a él no se lo podemos dejar pasar (en cambio, si eso lo escribía Cachanosky no pasaba nada, ya nos tiene acostumbrados a ese tipo de exabruptos).
El agite con un nuevo Rodrigazo no es casual. Para los trabajadores, este episodio es uno de los más trágicos de toda la historia argentina (en términos económicos; no nos olvidamos de todas las masacres sufridas). Esto se debe a que representa la caída del salario real más grande de por lo menos los últimos 70 años donde, en tan solo un año el salario promedio cayó 38% en términos reales. Para ser bien claros: de un año para el otro, una persona que ganaba $10.000 pasó a ganar $6.200.
A mi juicio, existen dos diferencias muy claras que hacen casi imposible una reedición de este hecho. En primer lugar, la irresponsabilidad de un ministro de devaluar el tipo de cambio un 100% de un día para el otro, sabiendo las consecuencias que eso trae para toda la economía (en realidad, de todo el gobierno, porque luego se sucederían varias devaluaciones más que harían que el tipo de cambio se incrementara 1800% entre junio de 1975 y marzo de 1976). En segundo lugar, el contexto macroeconómico que precedió al Rodrigazo. Si bien la economía transitaba un período de escasez de divisas (como tantas otras veces en su historia), la inflación se había acelerado notablemente en los primeros cinco meses del año, ubicándose en 68% respecto al mismo período del año anterior, acompañada de un fuerte crecimiento en 1974 (+ 5,4%) y un nivel de desempleo ubicado en mínimos históricos (en torno al 4%) que reflejaba uno de los puntos más altos del sindicalismo nacional. Ante este contexto, resulta obvio que una devaluación de esa magnitud iba a desatar un espiral inflacionario difícil de controlar. Ah, y para aquellos que hoy no paran de repetir que el problema principal es el déficit fiscal, lamentamos informales que el déficit público de 1975 era de -13% en términos del PBI (sí leyó bien, T-R-E-C-E) *. Paradójicamente, el mismo Frenkel dijo todas estas mismas cosas.
En la actualidad, ante el férreo control de las divisas que entran y salen, solo se puede pensar a la devaluación como una decisión de política (o sea, no podría ser provocada por la propia dinámica del sistema). Y viendo las consecuencias de la devaluación -de un 20%- de enero, difícilmente se pueda pensar que esto se vuelva a repetir, menos todavía en términos de la magnitud del Rodrigazo.
Por lo tanto, cualquier analogía con dicho evento es puramente especulativa y de poca honestidad intelectual, por no decir otra cosa.

* Aclaro, para evitar cualquier mal interpretación: esto apunta a los que en la actualidad ven al déficit fiscal como la madre de todos los problemas, cuando éste en realidad se encuentra en niveles sumamente manejables (-0,7% el primario y -2,3% el financiero en el II.14).

martes, 11 de noviembre de 2014

Conferencia internacional en la UNSAM

Les dejo a continuación la invitación a la conferencia internacional de fin de año que organiza la maestría en Desarrollo Económico de la UNSAM, donde van a exponer Jan Kregel, Pier-Paolo Saviotti y Cristiano Antonelli:


viernes, 7 de noviembre de 2014

II - La (ausencia de) demanda efectiva en los autores neoclásicos

Continuamos con las sucesivas entregas sobre la teoría de la tendencia de largo plazo poskeynesiana (intro y sección I), pasando ahora al análisis de la teoría marginalista o neoclásica

Al igual que en los autores clásicos, en los autores neoclásicos (en realidad “marginalistas” se aplica mejor)[1] la demanda efectiva no tiene ningún rol en la determinación del producto de largo plazo. Sin embargo, ni esto ni su denominación debería dar la idea de que existe una continuidad entre ambas teorías, ya que son diametralmente opuestas.
Para ver esto alcanza con observar que la estructura analítica de la teoría marginalista es completamente diferente, dado que la misma toma como variables dadas a las preferencias de los consumidores, las dotaciones disponibles de los factores productivos y las condiciones técnicas de producción. A partir de esto, la teoría determina simultánea y simétricamente las cantidades producidas y los precios relativos, que a su vez establecen las remuneraciones de los factores productivos (Ciccone et al., 2007).
Esto además conlleva implicancias tanto para la determinación del producto como para la del nivel de empleo, dado que la teoría establece una tendencia hacia el pleno empleo de todos los factores productivos. Para poder entender lo anterior es necesario analizar los dos mecanismos que están detrás de esto.
Siguiendo a Petri(2010), vemos que esta tendencia hacia el pleno empleo de los factores se debe a que la proporción de los factores demandada es una función decreciente de la proporción de sus respectivas remuneraciones. Así, ante el exceso de oferta de un factor, se produciría una caída de su remuneración que generaría un incremento de la proporción en la que la firma desea utilizar ese factor respecto del otro, y por lo tanto un aumento de su demanda. Esto se conoce como el mecanismo de sustitución directa de los factores, dado que para producir una determinada cantidad las empresas utilizan el factor que se ha hecho relativamente más barato, sustituyéndolo por el otro.
Complementariamente, existe un segundo mecanismo, el de sustitución indirecta, que refuerza al anterior. Éste funciona a través de los consumidores, quienes demandarán una mayor cantidad del bien que sea relativamente más barato en relación al otro. Indirectamente, esto significa que los consumidores están demandando una mayor cantidad del factor de producción utilizado de manera más intensiva en la producción de ese bien. Así, ante un exceso de oferta de uno de los factores, caerá el precio del bien más intensivo en ese factor y aumentará la demanda de dicho bien (e implícitamente se incrementará la demanda de ese factor, logrando el equilibrio).
A partir de estos dos mecanismos es que quedan determinadas las curvas de demanda de los factores (las cuales se encuentran inversamente relacionadas con su respectivo precio), que en conjunto con las curvas de oferta permiten que se genere la tendencia hacia su equilibrio competitivo.
De lo anterior se desprende que como en cada mercado hay una tendencia hacia el pleno empleo del factor, no hay problemas en realizar el análisis suponiendo el pleno empleo de los otros factores, ya que tarde o temprano se llegará a un equilibrio donde todos los factores se encuentren plenamente empleados.
De este modo, la teoría marginalista logra un equilibrio que determina, de manera simultánea y simétrica, las cantidades producidas, la remuneración de los factores y los precios relativos de los bienes. En el equilibrio, la composición de la demanda de los bienes de consumo debe ser tal que asegure el pleno empleo de los factores de producción; esto implica además que los precios relativos de los bienes de consumo deben ser aquellos que logren esa composición en la demanda; y que como esos precios dependen de las remuneraciones relativas de los factores de producción, la distribución de los ingresos deber ser aquella que asegure el precio relativo apropiado de los bienes de consumo.
En relación a lo anterior se observa que, paradójicamente, en el enfoque marginalista no se adopta la Ley de Say, porque en realidad no hay espacio para ella. A partir de la propia estructura analítica de esta teoría no solo se logra que en el largo plazo toda la producción se realice en el mercado sino que además el único nivel (y composición) de producto compatible con el equilibrio es aquel donde todos los factores se encuentran plenamente utilizados.



[1] Los autores aquí considerados como neoclásicos, cuyo máximo exponente fue Marshall, son los que posteriormente Keynes critica. No obstante consideramos que es un error llamar a estos autores así, dado que su teoría se encuentra mucho más cerca de los marginalistas (Jevons, Menger y Walras), que de los clásicos. Al respecto, ver Lawson (2013).

martes, 4 de noviembre de 2014

La (ausencia de) demanda efectiva en los autores clásicos

En la entrada anterior, decíamos que la teoría poskyenesiana tiene una explicación para la tendencia de largo plazo que es, en definitiva, opuesta a la que presenta el mainstream. Este enfoque se conoce como clásico-keynesiano, dado que combina la teoría de la distribución clásica con la demanda efectiva keynesiana. Así, para poder entender este enfoque resulta necesario hacer un repaso histórico, arrancando por la teoría clásica.
Para poder analizar cómo se determina el nivel del producto en los autores clásicos[1] es necesario introducir la estructura analítica presente en su teoría. Esta estructura se podría representar a través de un núcleo que refleja las relaciones existentes entre las variables independientes y las dependientes.
Del cuadro se desprende que la tasa de salarios, el producto social y las condiciones técnicas de producción son las variables independientes, que se explican por fuera del núcleo, ya que su determinación depende del contexto sociohistórico e institucional, mientras que las relaciones que se establecen dentro son de carácter general y común a todos los sistemas económicos (beneficios, rentas y precios relativos). Por tales motivos resulta apropiado estudiar las variables que se encuentran fuera del núcleo de manera separada del resto, considerando las circunstancias del período analizado. Esta separación entre las variables que se encuentra fuera y dentro del núcleo señalan una característica fundamental del enfoque clásico: la posibilidad de representar a esta teoría como un conjunto de estadios analíticos distintos, aunque conectados entre sí (Ciccone et al., 2009).
A partir de lo anterior es que se puede apreciar el rol que tiene la denominada Ley de Say[2] en la teoría clásica. Dado que estos autores no contaban con una explicación para la determinación del producto, la utilización de este supuesto resulta clave para no tener que lidiar con dicho problema y para poder enfocarse en el aspecto distributivo y la determinación de los precios relativos (Mongiovi,1990). Lo que se observa entonces es que la demanda efectiva no tiene ningún rol en la determinación del producto de largo plazo para los autores clásicos.
No obstante, resulta necesario hacer algunas aclaraciones respecto de lo anterior. En primer lugar, esto no implica que los clásicos excluyeran de su análisis a la demanda efectiva, o que directamente la desconocieran. Por el contrario, reconocían que la demanda efectual (como la llamaban ellos) podía causar desequilibrios en la producción, pero éstos eran solo de carácter transitorio.
En segundo lugar, Malthus y Marx explícitamente criticaron la Ley de Say. En relación al primero, Malthus argumentaba que la tasa de ganancia natural podía no verse realizada dado que nada aseguraba que existiese una demanda adecuada que asegure que prevalezcan en el mercado los precios naturales (Costabile, 1983)[3]. Marx, en cambio, apelaba a la característica del dinero como medio de atesoramiento para afirmar que esto podía provocar que la venta de la producción no fuese realizada.
Por último, hay que destacar que para la teoría clásica la adopción de la Ley de Say no trae aparejada ninguna derivación respecto al nivel de empleo. Ésta solo establece que todo nivel de producción se verá realizado en el mercado, y que por lo tanto el equilibrio de largo plazo será compatible con cualquier nivel de empleo (Mongiovi, 1990). Esta aclaración vale porque en muchos casos se asocia automáticamente a la Ley de Say con el pleno empleo que asume la teoría mainstream, algo que es incorrecto y que en la próxima entrada vamos a desarrollar un poco más.


[1] Aquí tomaremos como clásicos a Smith, Malthus, Ricardo y Marx, dado que se puede encontrar en estos autores puntos similares en su teoría, con particular énfasis en los aspectos distributivos.
[2] Ésta se puede reducir a dos proposiciones fundamentales: 1) todo proceso de producción da lugar a una cantidad de ingresos cuyo poder de compra es exactamente idéntico a aquel necesario para adquirir dicha producción; 2) la demanda agregada tiende a adecuarse al nivel de producción llevado a cabo en la economía.
[3] Mongiovi (1990) plantea que a pesar de lo anterior, Malthus consideraba a la inversión como una consecuencia inevitable del ahorro, lo que es lo mismo que adherir a la Ley de Say.