domingo, 24 de junio de 2012

Entradas de la semana

La BEA
- Trilogía de Lucas Llach sobre la crisis de deuda soberana europea (acá, acá y acá).
- En la Argentina de hoy somos todos tributaristas, Yendo a menos.
- ¿De qué hablamos cuando hablamos de dolarización en Argentina?, Eduardo Levy-Yeyati, Foco Económico.
- Geografía vs Instituciones, Martín Gonzalez Eiras, Economía Posible.
- El Estado en nuestro capitalismo, Hernan P. Herrera, Hache.

La BEI
- Inequality, the crash and the crisis (Parte 1, Parte 2, Parte 3), Stewart Lansley, OECD.
- Review of the FOMC monetary policy statement, Miles Kimball.
- Where to next?, Tim Duy.
- A global perfect storm, Nouriel Roubini, Project Syndicate.
- Labor's paradise lost, Robert Skidelsky, Project Syndicate.

jueves, 21 de junio de 2012

Sobre el impuesto a las Ganancias

Para entender que la raíz de este conflicto no es otra cosa que la disputa de poder político:


¿Quién..?

 Por Victor Zavalia
En los últimos días hemos visto la reacción de los propietarios rurales de la provincia de Buenos Aires, frente al tímido intento de adecentar en alguna medida la suma ridículamente baja que actualmente pagan sus tierras como impuesto Inmobiliario.
En ese clamor no están solos. Hace tiempo que los ricos, en muchas partes del mundo, han logrado crear una cultura antiimpuestos muy extendida, que se tradujo en una notable rebaja para los sectores más acomodados desde los tiempos de Reagan y Thatcher, paralela a una extraordinaria concentración de la riqueza. El discurso que se emite sin descanso es simple pero eficaz: los impuestos sólo sirven para enriquecer a los políticos o, en versión local, “hacer caja”. Así, sin reparar en la contradicción, se pide más justicia, más salud, más educación, más seguridad, más obra pública y ¡menos impuestos!
Los economistas reconocen dos tipos de impuestos: los indirectos, como el IVA que se aplica a todas las operaciones de compraventa sin tener en cuenta a las personas que las realizan, y los impuestos directos, como el impuesto a las Ganancias, que recaen en forma directa sobre cada contribuyente, de modo que permiten considerar su capacidad económica y hacer que cuanto más alto sea el ingreso, mayor sea la proporción de ese ingreso que se deba entregar como impuesto al Estado para que éste pueda cumplir sus fines. A esto se llama progresividad en la imposición, y es una herramienta fundamental para lograr una sociedad más equitativa e integrada. Razonablemente, los ricos se oponen a los impuestos directos, que los afectan especialmente. Y también se oponen a los impuestos en general, porque prefieren un Estado mínimo, dedicado exclusivamente a brindar el ambiente necesario para los negocios. Prefieren que cada uno se las arregle como pueda, pagando en el mercado para obtener educación, salud, seguridad social y tantas otras cosas que esperamos del Estado.
Anteriormente el impuesto a las Ganancias se llamaba a los réditos y durante el gobierno de Perón, en 1952, fue presentado así:
“El nuevo régimen impositivo, basado en el principio de la desgravación de las pequeñas rentas y el aumento de los gravámenes a las clases más pudientes, cumple una alta función social, cual es la de contribuir a una más equitativa distribución de la riqueza”.
En estos momentos, algunos líderes sindicales consideran injusto aplicar este impuesto a los “trabajadores”, por alto que sea su salario, y han tomado como bandera de lucha gremial y política el reclamar su eliminación. En ese reclamo están acompañados por varios intelectuales y dirigentes políticos, en una actitud muy nociva, por lo que se intentará hacer algunas aclaraciones.
Un argumento falso –pero muy efectivo– es forzar el significado de las palabras y sostener que “el salario no es ganancia”. El término “ganancia” puede parecer poco apropiado, aunque todo el mundo, para conocer el sueldo de un compañero, le pregunta “¿cuánto ganás?”. El diccionario de la Real Academia Española informa:
–ganancia: 1. f. Acción y efecto de ganar.
–ganar: 2. tr. Obtener un jornal o sueldo en un empleo o trabajo.
En otros países, como en México, el mismo impuesto se denomina “sobre la renta” y en España “IRPF-Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas”. ¿Queda mejor referirse al salario como “renta” en lugar de “ganancia”? También se lo suele designar “impuesto a los ingresos”, pero aquí traería confusión con el denominado “ingresos brutos”. Como vemos, no es fácil encontrar un nombre más adecuado. Pero lo que importa no es el nombre sino el concepto, estamos discutiendo sobre política y economía, no sobre filología. De paso, conviene aclarar que este tipo de impuesto se aplica a los asalariados en casi todos los países.
Sostener que el impuesto no debe ser pagado por los trabajadores parece a primera vista muy simpático y hasta razonable. Pero en cuanto uno comienza a profundizar, el tema se complica. Está claro que un camionero que gana 10.000 pesos mensuales es un trabajador. Pero un pintor, un plomero o un electricista que trabaja por su cuenta y paga impuestos, ¿no es un “trabajador”? Y el gerente de una gran empresa con sueldo de 50.000 mensuales ¿es un “trabajador” y, por lo tanto, debe ser eximido del impuesto?
Actualmente, un asalariado con cónyuge y dos hijos comienza a pagar ganancias si cobra más de 8000 pesos mensuales. Es obvio que no se trata de una persona rica, sin embargo sólo el 10 por ciento de los individuos alcanza o supera ese nivel de ingresos. O sea que por cada trabajador en esa condición hay nueve que ganan menos o mucho menos que él. ¿No es justo que una pequeña proporción del salario que supera ese monto contribuya a sostener el Estado, Estado sin el cual es imposible construir la Patria que a tantos les gusta exaltar en los discursos? Parece entonces que lo sensato no es pedir la eliminación del impuesto, sino adecuar la escala, para que quien gana 8000 pesos pague una proporción mucho menor que quien gana 80.000.
El de los impuestos es un gigantesco equívoco que va a costar mucho trabajo desmontar. La prensa de derecha se indigna porque “el Estado les mete la mano en el bolsillo a los ciudadanos” y llama “impuestazo” a la modesta corrección que se realizó al impuesto Inmobiliario Rural en la provincia de Buenos Aires, obscenamente bajo.
En ese sentido, el discurso de los ricos ha tenido un éxito enorme: ha conseguido que evadir los impuestos no tenga sanción social, no se considere un delito que perjudica a los honestos y a los más débiles, sino una simpática picardía. Cuando alguien reclama la factura en la caja de un comercio, el que pasa vergüenza ante el resto de la fila es el reclamante y no el evasor.
Por otra parte, se trata de un problema difícil de entender por el ciudadano común, de modo que la reacción más natural es oponerse. Así, Moyano y otros dirigentes sindicales prefieren defender el interés más inmediato de sus agremiados mejor pagados, en lugar de comprometerlos también en la brega por una sociedad más equitativa. Peor aún es la actitud de algunos intelectuales supuestamente progresistas, que irreflexiva e irresponsablemente adhieren a esta posición retrógrada.
Es imprescindible una reforma tributaria que contemple también lo atinente a la minería, las ganancias por acciones o colocaciones financieras, las herencias, los patrimonios y otros problemas que hoy se soslayan. Pero aunque entre los especialistas hay amplio consenso sobre su necesidad, hacerlo no va a ser fácil. Tampoco lo es en el mundo desarrollado, como vemos actualmente en los Estados Unidos. Entre nosotros hay que imponerse a los poderes fácticos, a la gran prensa, a una deformación cultural muy difundida y acendrada, y finalmente al intríngulis de la Coparticipación Federal. Por eso los partidos políticos son renuentes a tratar la cuestión abiertamente: corren el riesgo de hacerse de enemigos poderosos y de perder una parte de sus seguidores.
No será posible la reforma sin una fuerte demanda social que la impulse. Para lograrla, primero es necesario dar vuelta el sentido común establecido. Por eso es tan importante la participación de los llamados intelectuales, uno de cuyos roles en política es tratar de comprender los asuntos complejos y luego hacer partícipe de esa comprensión a la mayor cantidad de gente posible. Se trata de abrir brechas, cuestionar el discurso prevaleciente denunciando sus inconsistencias, y atraer a los sectores progresistas de los sindicatos y la sociedad civil
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lunes, 11 de junio de 2012

Encrucijada

En economía no existen recetas únicas. En cambio, para lograr un objetivo se pueden tomar muchos caminos. Las diferencias entre cada uno de esos caminos es lo que se conoce como trade-offs, es decir los pros y contras. Para defender el nivel de reservas (el factor clave de la economía argentina), el gobierno decidió tomar el camino que, según sus objetivos en materia de distribución, nivel de empleo, etc., mejor se  adecuaba a estos trade-offs. Y ese camino fue el del control a las importaciones (CI) y a la compra de divisas (CCD).
Para ver por qué el gobierno decidió elegir esas dos herramientas hay que hablar primero del superávit de balanza comercial y la fuga de capitales, dos de los componentes claves que influyen en la acumulación de reservas (el otro es el pago de deuda).
Dado que la inflación de los últimos años fue mayor a la devaluación del tipo de cambio nominal frente al dólar, lo que ocurrió fue una apreciación del tipo de cambio real. Esto, sumado a la mayor elasticidad-ingreso de las importaciones frente a las exportaciones, explica gran parte de la reducción del superávit comercial. Y a su vez, como este superávit explica gran parte de la acumulación de reservas, de ahí viene la decisión de controlar las importaciones.
Por otro lado, tanto la apreciación real del tipo de cambio como la reducción del superávit comercial son factores que influyen positivamente en las expectativas de devaluación, que a su vez estimulan la fuga de capitales. De acá se desprende entonces la decisión del gobierno de intervenir directamente la compra de divisas.
Ahora bien, ¿cuál fue el impacto de estas medidas?[1]
Por el lado del CI, esta medida tuvo dos consecuencias principales: afectó positivamente al nivel de precios y negativamente al nivel de actividad[2]. Asimismo, la caída en el nivel de actividad repercute negativamente en el nivel de precios (una suerte de cancelación de efectos si se quiere) y en las exportaciones.
Con respecto al CCD, éste afectó positivamente a las expectativas de devaluación a través del aumento del dólar negro (nada de llamarlo “blue” para suavizar que es algo ilegal) y negativamente a la construcción de inmuebles, una de las ramas más dinámicas en los últimos años[3]
Esta medida, que venía funcionando relativamente bien desde que se implementó, generó fuertes distorsiones en los mercados en este último mes cuando se decidió literalmente cerrar la canilla de los dólares en el mercado oficial. Esto significó un violento salto del dólar negro, una caída en los depósitos en dólares y un incremento en la tasa de devaluación del tipo de cambio nominal (además del costo político de varios cacerolazos).  
Aquí estuvo, en mi opinión, el error del gobierno. En un mercado tan sensible como el del dólar, los cambios drásticos tienen consecuencias drásticas (casi calcada fue la reacción de los ahorristas luego del anuncio de la implementación de la medida allá por noviembre). Esto se debe fundamentalmente al rasgo particular de este mercado: su fuerte arraigo social y cultural. Y esta característica (que paradójicamente fue reconocida por el gobierno), no se puede modificar de un día para el otro. Las medidas apuntadas a erradicar esto deberían ser graduales. Un primer paso resulta, por ejemplo, la pesificación de la compra de inmuebles.
En suma, como se dijo al principio no existe una solución única ni milagrosa que nos permita crecer eliminando todas las tensiones que se van generando. Los controles a las importaciones al igual que a la compra de divisas son herramientas que resultan eficaces para el objetivo explícito de defender el nivel de reservas, con efectos secundarios  que resultan controlables (siempre y cuando estas medidas sean manejadas de forma sensata y equilibrada).
Para concluir, al día de hoy la economía argentina presenta un panorama complejo (caída en el nivel de actividad, una inflación que no baja a pesar de esta caída, tensiones en el mercado cambiario, etc.), enmarcado en una coyuntura global aún más compleja, lo que requerirá un gran manejo político y económico por parte del gobierno.[4]


[1] Es imprescindible para el análisis mencionar el agravamiento de la situación global a causa de la crisis de deuda europea y el impacto que esto tuvo en nuestro país.
[2] Cabe destacar que en el mediano plazo esta medida probablemente genere un proceso de sustitución de importaciones con la consecuente caída de las mismas.
[3] Si esta medida se mantiene en el tiempo probablemente se transforme en un control de cambios de facto, algo que hasta ahora en la Argentina nunca tuvoun final feliz.
[4] Nunca está de más aclarar que el nivel actual de reservas es holgado por lo que se rechaza cualquier pronóstico de crisis.


sábado, 9 de junio de 2012

Entradas de la semana

La BEA
- El peso como reserva de valor fallida, por culpa de la inflación, Yendo a Menos.
El salario sí es ganancia, Exabruptos.
- Las provincias: calidad de vida de su población, Hernan P. Herrera, Hache.
- El temita del dólar (nada se pierde), Eduardo Levy Yeyati.
- Eje China-Alemania, Comentarios Económicos.
La avaricia tiene dueña, el cinismo también, La Patria Chacarera.

La BEI
- Eight elementary errors of economics, Geoff Davies, Real World Economics.
Robot Barro?, Noah Smith.
The price of inequality, Joseph Stiglitz, Project Syndicate.
- Debate sobre Quantitative Easing entre Miles Kimball y Stephen Williamson (acá, acá, acá y acá).
- El Euro: Hacia una solución cooperativa, J. Andrés y R. Doménech, Nada es Gratis.
- Tres análisis sobre Latvia, el caso "exitoso" de ajuste fiscal (acá, acá y acá).
- Reagan was a Keynesian, Paul Krugman.
- Not Jackson hole, Tim Duy.

domingo, 3 de junio de 2012

Entradas de la semana

La BEA
- Voy a Coto cuando tiene descuento con débito, ArtePolítica
- Del canto de las sirenas al ruido de las alarmas, Lucas Llach, La ciencia maldita
- Los grandes bancos centrales fracasan, Comentarios económicos
- El fantasma de las navidades pasadas, Luciano Cohan, Economista Serial Crónico
- Diálogos urbanos sobre política, Martín P. Herrero, Hache
- Mercado inmobiliario y dólar paralelo, Yendo a menos

La BEI
- Rawles on a property-owning democracy, Daniel Little, Understanding Society
- Catastrophic Credibility, Mark Thoma, Economist's View
- I've seen this movie before, Tim Duy, FED Watch
- The Austerity Agenda, Paul Krugman, The Conscience of a Liberal
- Government spending, Mark Thoma, Economist's View
- Printing money can't cause inflation?, Noahpinion